martes, 9 de junio de 2009

Nuestra necesidad de consuelo es insaciable
Stig Dagerman






Stig Dagerman (1923-1954)
Escritor sueco, nacido en Älvkarleby, hijo de padres proletarios, milita
desde muy joven en los círculos anarcosindicalistas y escribe para su
prensa. Entre los 21 y 26 años escribe cuatro novelas, cuatro piezas de
teatro, una colección de novelas cortas y un gran número de artículos,
crónicas y reportajes: La serpiente, La isla de los condenados, El niño
quemado, Preocupaciones de boda, Los juegos de la noche, Otoño
alemán. En 1952, dos años antes de suicidarse, escribe Nuestra
necesidad de consuelo es insaciable, especie de testamento de una
decena de páginas, que aquí publicamos.
Estoy desprovisto de fe y no puedo, pues, ser dichoso, ya que un hombre dichoso nunca llegará a
temer que su vida sea un errar sin sentido hacia una muerte cierta. No me ha sido dado en herencia
ni un dios ni un punto firme en la tierra desde el cual poder llamar la atención de dios; ni he heredado
tampoco el furor disimulado del escéptico, ni las astucias del racionalista, ni el ardiente candor del
ateo. Por eso no me atrevo a tirar la piedra ni a quien cree en cosas que yo dudo, ni a quien idolatra
la duda como si ésta no estuviera rodeada de tinieblas. Esta piedra me alcanzaría a mí mismo ya que
de una cosa estoy convencido: la necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insaciable.
Yo mismo persigo el consuelo como el cazador su presa. Por dondequiera que en el bosque lo
vislumbre, disparo. A menudo no alcanzo más que el vacío; pero alguna que otra vez cae a mis pies
una presa. Y como sé que el consuelo no dura más que el soplo del viento en la copa del árbol, me
apresuro a apoderarme de mi presa.
¿Y qué tengo, entonces, entre mis brazos?
Puesto que estoy solo: una mujer amada o un desdichado compañero de viaje. Puesto que soy
poeta: un arco de palabras que no puedo tensar sin un sentimiento de dicha y de horror. Puesto que
soy prisionero: una súbita mirada hacia la libertad. Puesto que estoy amenazado por la muerte: un
animal vivo aún caliente, un corazón que palpita sarcásticamente. Puesto que estoy amenazado por
el mar: un arrecife de duro granito.
Pero también hay consuelos que me llegan como huéspedes sin haberlos invitado y que llenan mi
aposento de odiosos cuchicheos: Soy tu deseo -¡ama a todo el mundo! Soy tu talento -¡abusa de él
como abusas de ti mismo! Soy tu sensualidad -¡solamente viven los sibaritas! Soy tu soledad -¡
menosprecia a los seres humanos! Soy tu deseo de muerte -¡corta!
El equilibrio es un listón estrecho. Veo mi vida amenazada por dos poderes: por un lado, por las
ávidas bocas del exceso; y por otro, por la avara amargura que se nutre de si misma. Pero rehúso
elegir entre la orgía y la ascesis, aunque sea al precio de una confusión mental. Para mi no basta con
saber que, puesto que no somos libres en nuestros actos, todo es excusable. Lo que busco no es una
excusa a mi vida sino todo lo contrario a una excusa: la reconciliación. Al fin me doy cuenta que
cualquier consuelo que no cuente con mi libertad es engañoso, al no ser más que la imagen reflejada
de mi desespero. En efecto, cuando mi desespero me dice: Desespera, puesto que cada día no es
sino una tregua entre dos noches, el falso consuelo me grita: Espera, pues cada noche no es más
que una tregua entre dos días.
Pero de nada le vale al ser humano un consuelo brillante; necesita un consuelo que ilumine. Y todo
aquel que quiera convertirse en una persona malvada, es decir, una persona que actúa como si todas
las acciones fueran defendibles, debería, al lograrlo, tener al menos la bondad de advertirlo.

Son innumerables los casos en los que el consuelo es una necesidad. Nadie sabe cuando caerá el
crepúsculo y la vida no es un problema que pueda ser resuelto dividiendo la luz por la oscuridad y los
días por las noches; es un viaje imprevisible entre lugares inexistentes. Puedo, por ejemplo, andar por
la orilla y sentir de repente el horrible desafío que la eternidad lanza sobre mi existencia y el perpetuo
movimiento del mar y la huída constante del viento. ¡En qué se convierte entonces el tiempo sino en
un consuelo por el hecho de que nada de lo humano es duradero y qué consuelo tan miserable que
sólo enriquece a los suizos!
Puedo estar sentado ante la lumbre en la habitación menos expuesta al peligro y sentir de pronto
que la muerte me rodea. Está en el fuego, en todos los objetos puntiagudos que me rodean, en la
solidez del techo y en el grueso de las paredes, está en el agua y en la nieve, en el calor y en mi
sangre. ¡En qué se convierte entonces el sentimiento humano de seguridad sino en un consuelo por
el hecho de que la muerte es lo más cercano a la vida y qué consuelo más miserable que no hace
más que recordarnos aquello que quiere hacernos olvidar!
Puedo llenar todas las hojas en blanco con la más hermosa combinación de palabras que mi
cerebro pueda imaginar. Puesto que deseo confirmar que mi vida no es absurda y que no estoy solo
en la tierra, junto todas estas palabras en un libro y se lo ofrezco al mundo. A cambio, éste me da
dinero, gloria y silencio. Pero qué me importa a mi el dinero y qué me importa contribuir al progreso
de la literatura; sólo me importa aquello que nunca consigo: la confirmación de que mis palabras
conmueven el corazón del mundo. ¡En qué se convierte entonces mi talento sino en un consuelo a mi
soledad y qué consuelo más terrible que sólo consigue que sienta mi soledad cinco veces más fuerte!
Puedo ver la libertad encarnada en un animal que atraviesa veloz un claro del bosque y oír una voz
que murmura: ¡vive con sencillez, toma lo que desees y no temas las leyes! ¡Pero qué es este buen
consejo sino un consuelo por el hecho de que la libertad no existe y qué implacable consuelo para
quien entiende que el ser humano tarda millones de años en convertirse en lagarto!
Puedo, finalmente, descubrir que esta tierra es una fosa común en la que el rey Salomón, Ofelia y
Himler reposan uno junto al otro. De lo cual concluyo que el verdugo y la infeliz gozan de la misma
suerte que el sabio y que la muerte puede parecer un consuelo a una vida errónea. ¡Pero qué
consuelo más atroz para quien querría ver la vida como un consuelo por la muerte!
No tengo filosofía alguna por la que moverme como pájaro en el aire o como pez en el agua. Todo
lo que tengo es un duelo que se libra cada minuto de mi vida entre los falsos consuelos que sólo
aumentan mi impotencia y hacen más profundo mi desespero, y los consuelos verdaderos que me
llevan a la liberación momentánea, o mejor dicho: el consuelo verdadero, puesto que sólo existe para
mí un consuelo verdadero, aquel que me dice que soy un hombre libre, un individuo inviolable, un ser
soberano dentro de mis límites.
Pero la libertad empieza por la esclavitud y la soberanía, por la dependencia. La señal más cierta
de mi servidumbre es mi temor de vivir. La señal definitiva de mi libertad es el hecho de que mi temor
cede el sitio a la alegría de la independencia. Puede parecer que necesito la dependencia para poder
conocer, al fin, el consuelo de ser un hombre libre, y seguramente es cierto. A la luz de mis actos me
doy cuenta que el objetivo de toda mi vida ha sido labrar mi propia desdicha. Lo que podría traerme
libertad me trae esclavitud y cargas en vez de pan.
Otra gente tiene otros señores. A mí, por ejemplo, me esclaviza mi talento hasta el punto de no
atreverme a utilizarlo por miedo a perderlo. Además, soy de tal modo esclavo de mi nombre que
apenas me atrevo a escribir por miedo a dañarlo. Y cuando al fin llega la depresión soy también su
esclavo. Mi mayor aspiración es retenerla, mi mayor placer es sentir que todo lo que yo valía residía
en lo que creo haber perdido: la capacidad de crear belleza a partir de mi desesperación, de mi hastío
y de mis debilidades. Con amarga dicha deseo ver mis casas caer en ruina y verme a mí mismo
sepultado en las nieves del olvido. Pero la depresión es una muñeca rusa y en la séptima muñeca
hay un cuchillo, una hoja de afeitar, un veneno, unas aguas profundas y un salto al vacío. Acabo por
convertirme en esclavo de todos estos instrumentos de muerte. Como perros me persiguen, o yo a
ellos como si fuese yo mismo un perro. Y creo comprender que el suicidio es la única prueba de la
libertad humana.
Pero, viniendo de un lugar insospechado, se acerca el milagro de la liberación. Puede acaecer en
la orilla y la misma eternidad que, hace un momento suscitaba en mi temor, es ahora el testigo de mi


nacimiento a la libertad. ¿En qué consiste este milagro? Simplemente en el súbito descubrimiento
que nadie, ni ningún poder ni ningún ser humano tiene derecho a exigirme que mi deseo de vivir se
marchite. Ya que si este deseo no existe, ¿qué es lo que puede existir?
Puesto que estoy en la orilla del mar puedo aprender del mar. Nadie puede exigirle al mar que
sostenga todos los navíos, o al viento que hinche constantemente todas las velas. De igual modo
nadie puede exigirme que mi vida consista en ser prisionero de ciertas funciones. ¡No el deber ante
todo, sino la vida ante todo! Igual que los demás hombres debo tener derecho a unos instantes
durante los cuales pueda dar un paso al lado y sentir que no soy únicamente parte de esta masa a la
que llaman población, sino una unidad autónoma.
Solamente en este instante puedo ser libre ante los hechos de la vida que antes causaron mi
desesperación. Puedo confesar que el mar y el viento me sobrevivirán y que la eternidad no se
preocupa de mi. ¿Pero quién me pide preocuparme de la eternidad? Mi vida es corta sólo si la
emplazo en el cepo del tiempo. Las posibilidades de mi vida son limitadas sólo si cuento el número de
palabras o de libros que tendré tiempo de escribir antes de morir. ¿Pero quién me pide contar? El
tiempo es una falsa unidad de medida para medir la vida. El tiempo, en el fondo, es una unidad de
medida sin valor ya que sólo alcanza las obras avanzadas de mi vida.
Pero todo lo importante que me ocurre y que da a mi vida un maravilloso contenido: el encuentro
con una persona amada, una caricia, la ayuda en la necesidad, el espectáculo de un claro de luna, un
paseo a vela por el mar, la alegría que se siente por un hijo, el estremecimiento ante la belleza, todo
esto ocurre completamente fuera del tiempo. Da lo mismo que encuentre la belleza en el espacio de
un segundo o de cien años. La dicha no solamente se sitúa al margen del tiempo sino que niega toda
relación entre la vida y el tiempo.
Descargo pues de mis hombros el fardo del tiempo y, al mismo tiempo, la exigencia de sacar
buenos resultados. Mi vida no es algo que deba ser medido. Ni el salto del ciervo ni la salida del sol
son buenos resultados conseguidos en una prueba. Tampoco una vida humana es la superación de
una prueba, sino algo que crece hacia la perfección. Y lo que es perfecto no realiza pruebas con
buenos resultados, lo que es perfecto obra en estado de reposo. Es absurdo pretender que el mar
está hecho para sostener armadas y delfines. Ciertamente lo hace, pero conservando su libertad. Del
mismo modo es absurdo pretender que el ser humano esté hecho para otra cosa que para vivir.
Ciertamente aprovisiona máquinas y escribe libros, y también podría hacer otras cosas. Lo importante
es que, haga lo que haga, lo hace conservando su libertad y con la plena conciencia de ser, como
cualquier otro detalle de la creación, un fin en sí. Reposa en sí mismo como una piedra en la arena.
Puedo incluso librarme del poder de la muerte. No es que pueda librarme de la idea que la muerte
corre detrás de mis talones, y menos aún puedo negar su existencia; pero puedo reducir a la nada su
amenaza dejando de apoyar mi vida en soportes tan precarios como el tiempo y la gloria.
Por el contrario no está en mi poder permanecer siempre vuelto hacia el mar y comparar su
libertad con la mía. Llegará el momento en que tendré que volverme hacia la tierra y encararme a los
organizadores de mi opresión. Entonces me veré obligado a reconocer que el ser humano ha dado a
su vida unas formas que, al menos en apariencia, son más fuertes que él. Incluso con mi libertad
recientemente alcanzada no puedo destruirlas, sino solamente suspirar bajo su peso. Por el contrario,
entre las exigencias que pesan sobre el hombre puedo distinguir las que son absurdas y las que son
ineludibles. Para mí, un tipo de libertad se ha perdido para siempre o por un largo tiempo: la libertad
que procede de la capacidad de dominar su propio elemento. El pez domina el suyo, el pájaro el
suyo, el animal terrestre el suyo. Thoreau dominaba todavía el bosque de Walden. ¿Dónde se
encuentra ahora el bosque en el que el ser humano pueda probar que es posible vivir en libertad
fuera de las formas congeladas de la sociedad?
Debo responder: en ninguna parte. Si quiero vivir libre debo hacerlo, por ahora, dentro de estas
formas. El mundo es más fuerte que yo. A su poder no tengo otra cosa que oponer sino a mí mismo,
lo cual, por otro lado, lo es todo. Pues mientras no me deje vencer yo mismo soy también un poder. Y
mi poder es terrible mientras pueda oponer el poder de mis palabras a las del mundo, puesto que el
que construye cárceles se expresa peor que el que construye la libertad. Pero mi poder será ilimitado
el día que sólo tenga mi silencio para defender mi inviolabilidad, ya que no hay hacha alguna que
pueda con el silencio viviente.


Este es mi único consuelo. Sé que las recaídas en el desconsuelo serán numerosas y profundas,
pero la memoria del milagro de la liberación me lleva como un ala hacia la meta vertiginosa: un
consuelo que sea algo más y mejor que un consuelo y algo más grande que una filosofía, es decir,
una razón de vivir.
(Mayo 1952)
JEAN GIONO El Hombre que Plantaba ÁrbolesTraducción de francés por Olga S. Ricalde de Koehnen .        Querido Señor:         Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado. El objetivo de esta historia es el de hacer amar a los árboles, o con mayor precisión: hacer amar plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas). O, si se considera por el resultado; el objetivo es obtener el mismo resultado de nuestro personaje imaginario. El texto que usted ha leído en "Trees and life" ha sido traducido al Danés, Finés, Sueco, Noruego, Inglés, Alemán, Ruso, Checoslovaco, Húngaro, Español, Italiano, Yddish y Polaco. Cedo mis derechos gratuitamente a todas las reproducciones. Un americano me ha buscado recientemente para solicitarme la autorización para hacer un tiraje de 100 000 ejemplares del texto que van a ser repartidas gratuitamente en América (algo que tengo bien entendido y aceptado). La Universidad de Zagreb ha hecho una traducción al Yugoslavo. Este es uno de los textos que he escrito de los que me siento más orgulloso, porque cumple con la función para la que fue escrito. Dicho sea de paso, esta historia no me aporta ningún céntimo.     Si a usted le es posible, me encantaría que pudiéramos reunirnos para hablar precisamente de la utilización práctica de este texto. Yo considero que es ya el tiempo de que hagamos una política favorable al árbol, a pesar de que la palabra política parezca bastante mal adaptada.Muy cordialmente,    Jean Giono          El Hombreque plantabaárboles     Para que el carácter de un ser humano excepcional muestre sus verdaderas cualidades, es necesario contar con la buena fortuna de poder observar sus acciones a lo largo de los años. Si sus acciones están desprovistas de todo egoísmo, si la idea que las dirige es una de generosidad sin ejemplo, si sus acciones son aquellas que ciertamente no buscan en absoluto ninguna recompensa más que aquella de dejar sus marcas visibles; sin riesgo de cometer ningún error, estamos entonces frente a un personaje inolvidable.     Hace aproximadamente cuarenta años, yo hacía una larga travesía a pie, en las regiones altas, absolutamente desconocidas para los turistas, en la vieja región de los Alpes que penetra hasta La Provenza.     Esta región está delimitada al sureste por el curso medio del Durance, entre Sisteron y Marabeau; al norte por el curso superior del Drome, después de su nacimiento, justo al oeste, por las planicies de Comtant Venaissin y al pie de monte de Mont-Ventoux. Comprende toda la parte norte del Departamento de Bases - Alpes, el sur del Drome y un pequeño enclave de Vaucluse.     En el momento en el que emprendí este largo viaje, entre los 1200 y 1300 metros de altitud, el paisaje estaba dominado por desiertos, eran tierras tomadas por la monotonía. Lo único que podía crecer ahí eran lavandas silvestres.     Yo pasaba por esta región en su parte más ancha cuando después de tres días de camino me encontré en medio de una desolación sin igual. Acampaba al lado del esqueleto de un pueblo abandonado. Ya no tenía agua. La que me quedaba del día anterior la había utilizado durante la vigilia y necesitaba encontrar más. No pude encontrarla. Las casas, de lo que alguna vez había sido un poblado, estaban aglomeradas al rededor de unas ruinas apiladas, lo que me hizo pensar que en algún tiempo ahí debió haber habido una fuente o un pozo. El arreglo de las cinco o seis casitas de piedra con techos volados y lavados por el viento, y la pequeña capilla daban la apariencia de un pueblo habitado. Sin embargo, cualquier resquicio de vida había desaparecido.     Era un hermoso día de junio, pleno de sol, pero en estas tierras sin abrigo, y a estas alturas del cielo, el viento soplaba con una brutalidad insoportable. La fuerza con la que el viento golpeaba las carcasas de las casas era tan violenta como el de una bestia salvaje que es interrumpida durante sus alimentos.     Era necesario mover mi campamento. A cinco horas de marcha, no había encontrado agua, ni ningún otro indicio que pudiera darme la esperanza de encontrarla. Por todas partes era la misma aridez, las mismas hierbas leñosas. Me pareció percibir a lo lejos una pequeña silueta negra, de pie. De primera instancia pensé que se trataba de la sombra de un tronco solitario. Por casualidad, me dirigí hacia ella. Era un pastor. Una treintena de corderos yacían sobre la tierra ardiente reposando cerca de él.     Me dió de beber agua de su botella, y un poco más tarde él me condujo hasta su casita en una ondulación de la meseta. El obtenía su agua -excelente, por cierto- de un pozo natural muy profundo, en el que él mismo había instalado un malacate muy rudimentario.     Este hombre hablaba poco. Esta es una práctica común entre aquellos que viven solos. Sin embargo, se le percibía como un hombre seguro de sí mismo, confiado en sus convicciones. Me parecía insólita su presencia en estos lugares tan desprovistos de todo. No vivía en una cabañita, sino en una verdadera casa de piedra donde saltaba a la vista claramente que él mismo había restaurado las ruinas con las que se encontró a su arribo. El techo era sólido y estaba bien fijo. El viento que golpeaba las tejas del techo producía un ruido similar al del mar cuando golpea en las playas.     Sus muebles y pertenencias estaban en orden, su bajilla estaba lavada, el piso estaba pulcramente trapeado, su rifle estaba engrasado; su sopa hervía en el fuego. Fué entonces cuando me dí cuenta de que también estaba recién afeitado, que todos sus botones estaban sólidamente cosidos y que su ropa estaba cuidadosamente remendada, a tal punto, que los parches eran casi invisibles.     El compartió su sopa conmigo y después de cenar yo le ofrecí tabaco de mi saquito. Él me comentó que ya no fumaba. Su perro era tan silencioso como él, era amigable sin llegar a ser ruin.     Rápidamente entendí que pasaría la noche ahí, el poblado más cercano se encontraba todavía a más de un día y medio de marcha. Más aún, ya había tenido la oportunidad de conocer el raro carácter de los habitantes de esta región. Que por cierto, no era en absoluto recomendable. En las laderas de estas montañas, entre los matorrales de encinos blancos que están en los extremos de los caminos aptos para vehículos, hay cuatro o cinco poblados dispersos, lejos los unos de los otros. Estos poblados están habitados por talamontes que hacen carbón con la madera. Son lugares donde se vive mal; en las garras de la exasperación. Las familias viven unas en contra de las otras, en un clima hostil, de rudeza excesiva, ya sea en el verano o en el invierno, viven amagando su egoísmo aún más por la irracional desmesura en su deseo de escapar de este ambiente.     Los hombres llevaban su carbón al pueblo en sus camiones y, después regresaban. Las más sólidas cualidades se rompen bajo este perpetuo baño escocés. Las mujeres cocinaban a fuego lento sus rencores. Había competencia en todo, desde la venta del carbón hasta las bancas de la iglesia; las virtudes se combaten entre ellas, los vicios y las virtudes se arrebatan unas a otras haciendo un revoltijo sin reposo. Hay epidemias de suicidios y numerosos casos de locura casi siempre fatales.     El pastor, que no fumaba, saco un pequeño saco y vació su contenido sobre la mesa, formando una pila de bellotas. Se puso a examinarlas una por una, poniendo muchísima atención, separando las buenas de las malas. Yo fumaba mi pipa y le propuse ayudarle. Él me respondió que esto era asunto suyo. En efecto, viendo la devoción y cuidado que ponía a su trabajo, decidí no insistir más. Esa fué toda nuestra conversación durante la noche. Cuando hubo terminado de separar todas las bellotas que estaban en buen estado, entonces las contó y las puso en montoncitos de diez. De esta manera iba haciendo una selección más, eliminando aquellas bellotas que eran muy pequeñas o aquellas que tenían ligeras grietas. Al terminar, una ves más las examinaba gravemente. Cuando tuvo enfrente de él cien bellotas perfectas detuvo su tarea, y entonces nos retiramos a dormir.     La compañía de éste hombre me daba paz. Al día siguiente, le pedí permiso para quedarme todo el día con él. Él lo encontró perfectamente natural, o con mayor exactitud, él me daba la impresión de que nada podría distraerlo. Este descanso no me era absolutamente necesario, pero yo estaba intrigado, quería saber más acerca de este hombre. Antes de salir, sumergió en una cubeta con agua el pequeño saco donde había puesto las bellotas que habían sido seleccionadas y contadas previamente con tanto cuidado.     Me dí cuenta de que su cayado tenía un triángulo de fierro tan grueso como un dedo pulgar y de alrededor de un metro cincuenta de largo. Yo me fuí siguiendo una ruta paralela a la suya. La pastura de sus corderos yacía en el fondo de un pequeño valle. Él dejó el pequeño rebaño al cuidado del perro y subió hacia la derecha donde yo me encontraba parado. Me temía que hubiera venido a reprocharme por mi indiscreción, pero este no fué el caso de ninguna manera. Era su propio camino, y me invitó a acompañarlo si no tenía nada mejor que hacer. Continuamos unos doscientos metros más hacia arriba.     Cuando llegamos al lugar que el quería, comenzó a enterrar su triángulo de fierro en la tierra. Este hacía un pequeño agujero en él que el ponía una de las bellotas, que posteriormente cubriría de tierra nuevamente. Él estaba plantando árboles de encino. Entonces le pregunte si la tierra le pertenecía. Él me respondió que no. - ¿Sabe de quién es? Él no lo sabía. Suponía que se trataba de una tierra comunal, o quizás podría ser que se tratara de tierras a cuyos propietarios no les interesara. De esta manera, él plantó cien bellotas con mucho cuidado.     Después de los alimentos del medio día, él comenzó una vez más a seleccionar semillas. Creo que puse demasiada insistencia en mis preguntas, porque él las respondió una a una. A tres años de haber comenzado, él continuaba plantando árboles en esta soledad. Él había plantado ya cien mil. De estos cien mil, veinte mil habían germinado. De estos veinte mil, él consideraba que todavía se perderían la mitad, por causa de los roedores o por cualquier otro designio de la Providencia imposible de predecir. Quedarían entonces diez mil encinos que podrían crecer en este lugar donde antes no había sobrevivido nada.     Fué en este momento en el que comencé a preguntarme sobre la edad de este hombre. Era evidente que se trataba de un hombre de más de cincuenta años. Cincuenta y cinco me dijo. Se llamaba Eleazar Bouffier. Solía tener una granja en las planicies, donde había vivido la mayor parte de su vida. Había perdido a su único hijo y después a su mujer. Se retiro a la soledad donde acogió el placer de vivir lentamente con su rebaño de corderos y su perro. El había juzgado que este país se estaba mueriendo porque le faltaban árboles. Añadió entonces que no teniendo nada más importante que hacer había tomado la resolución de poner remedio a este estado de las cosas.     Viviendo yo mismo en ese momento una vida solitaria, y a pesar de mi juventud, sabía como acercarme con delicadeza a aquellas almas solitarias. Aún así, cometí un error. Fué precisamente mi juventud la que me forzó a imaginar el porvenir en mis propios términos, y en cierta medida también un anhelo en la búsqueda por felicidad. Le comenté que dentro de treinta años estos cien mil encinos serían majestuosos. Me respondió con tal simpleza, que si Dios le prestaba vida, en treinta años él habría plantado tantos otros que estos diez mil serían tan sólo como una gota en el mar.     Él había comenzado también a estudiar la propagación de las hayas. Cerca de su casa había instalado un pequeño vivero donde crecía los arbolitos. Los sujetos que había protegido de sus corderos con una pequeña barda, que funcionaba como barrera, estaban creciendo hermosamente. Él estaba considerando plantar también algunos abedules que serían muy convenientes para las partes bajas de los valles, donde aclaro que había en estado latente un poco de humedad que se extendía sobre la superficie del suelo por algunos metros.     Al siguiente día, nos separamos.     Al año siguiente la guerra del catorce había comenzado. Yo estuve comprometido en ella por cinco años. Un soldado de infantería apenas y podía pensar en árboles. A decir verdad, todo este asunto no me había dejado ninguna impresión. En lo personal la considere como un hobby pueril, como una colección de timbres y la olvide.     Al terminar la guerra me encontré al frente a una pequeña desmovilización y con un gran deseo de tomar un pequeño respiro de aire puro. Sin ninguna otra preconcepción más allá de tomar un nuevo aliento. Fué así que retomé el camino hacia aquellas tierras desérticas.     La región no había cambiado. Sin embargo, más allá de ese poblado abandonado percibí a la distancia una especie de neblina grisácea que convergía en las alturas de las colinas como una alfombra. A partir de ese momento no deje de pensar en el pastor que plantaba árboles. Diez mil encinos, me dije: ocupan un gran espacio verdaderamente.     Había visto morir a mucha gente durante esos cinco años de guerra, pero no me podía imaginar de ninguna manera la muerte de Eleazar Bouffier, a pesar de que un hombre de veinte años piense que un hombre de cincuenta es ya tan viejo que no le resta más que morir. Él no estaba muerto, en efecto, estaba lleno de vitalidad. Había cambiado la materia de su interés. Ahora sólo tenía cuatro corderos, pero tenía un centenar de colmenas. Se había desecho de los corderos porque amenazaban los retoños de los árboles. Él me comentó entonces que la guerra no lo había distraído en absoluto, como yo mismo me pude dar cuenta, él continuó con su labor de cultivador de árboles imperturbablemente.     Los encinos de 1910 ahora tenían 10 años y eran más altos que yo y que él mismo. El espectáculo era impresionante. Yo me quede literalmente privado de la palabra. Como él, no podía hablar más. Pasamos todo el día en silencio caminando por su bosque. Estaba divido en tres secciones, el largo total era de once kilómetros, y en su punto más ancho la sección era de tres kilómetros. Cuando caí en la cuenta de que todo esto había florecido de las manos y del alma de este único hombre solo, sin ningún avance técnico en su herramienta, comprendí que los hombres pueden llegar a ser tan eficaces como Dios en otros dominios además de el de la destrucción.     Él había perseguido su ideal, prueba faciente de ello era que las hayas habían alcanzado mis hombros y se habían extendido tan lejos como la vista podía alcanzar. Los encinos eran ahora robustos y frondosos, habían ya pasado la edad en la que estaban a la merced de los roedores y en cuanto a los designios de la Providencia, si deseaba destruir la obra creada, se necesitaría de un ciclón. Él me mostró sus admirables parcelas de abedules que databan de cinco años atrás, es decir de 1915; cuando yo tuve que estar combatiendo en Verdún. Él los había plantado en las partes bajas del valle, donde había sospechado, con justa razón, que había humedad justo a flor de tierra. Eran tan tiernos como jóvenes adolescentes, y muy decididos.     La creación estaba en el aire, por doquiera, se veía como la sucesión estuviera tomando su propio camino. Él no se preocupaba, se ocupaba. Perseguía obstinadamente su objetivo. Era tan simple como eso. Al descender por el poblado, pude ver agua correr en los arroyos que en la memoria de los hombres, habían estado siempre secos. Era la más extraordinaria reacción en cadena la que este hombre me había dado la oportunidad de presenciar. Estos arroyos secos que en tiempos muy antiguos habían llevado agua, habían vuelto a florecer. Algunos de estos tristes poblados, de los que había comentado al comienzo de mi relato, estaban construidos sobre edificios de antiguas ciudades galo-romanas, donde aún quedaban algunos trazos de estas antiguas culturas. Ahí, los arqueólogos habían encontrado anzuelos de pesca, en lo que en tiempos más recientes habían sido cisternas para abastecer de un poco de agua a estos secos lugares.     El viento dispersaba también algunas semillas. Al mismo tiempo que el agua reapareció, reaparecieron los sauces, las enredaderas, los prados, los jardines, las flores y positivas razones para vivir.     Realmente la transformación había tenido lugar de manera tan paulatina que había penetrado y se había instalado en la costumbre sin provocar ningún sobresalto o sorpresa. Los cazadores que subían a la soledad de las montañas para perseguir liebres o jabalíes habían constatado también la presencia de pequeños árboles. Sin embargo, atribuían los cambios a los procesos naturales de la tierra. Esta era la razón por la que nadie había tocado su obra, porque nadie en absoluto había llegado a estar en contacto con este hombre. Era insólito. ¿Quién podría imaginar que en estos poblados y administraciones, que existiera alguien con tal obstinación y poseedor de una generosidad extrema que llegase al punto de ser sublime?     A partir de 1920, no dejé pasar más de un año sin ir a visitar a Eleazar Bouffier. Jamás lo ví decaer, ni dudar. A pesar de que sólo Dios sabe los sin sabores que hubo de superar. Para obtener el éxito en su empresa fué necesario superar muchas adversidades y luchar contra la desesperación. Baste decir que durante un año había logrado plantar diez mil arces y todos murieron. Al siguiente año de este suceso, decidió abandonar los arces y volver a plantar hayas. Estas lograron crecer sanas y con mayor esplendor que los encinos.     Para tener una idea más precisa del carácter excepcional de nuestro personaje, no hace falta más que recordar que vivía en una soledad total, sí total, a tal punto que hacía el final de su vida había perdido la costumbre de hablar. O quizás: ¿Era que ya no había visto la necesidad de hacerlo?     En 1933 recibió la visita de un guardia forestal atolondrado. Este funcionario le advirtió de no provocar fuegos a la intemperie, ya que podría a poner en riesgo el bosque "natural". Fué la primera vez que un hombre le dijera de forma tan pueril que había visto crecer este bosque por sí solo, de manera espontánea. En este tiempo él estaba pensando en plantar hayas en un claro a doce kilómetros de su casa. Para evitar el ir y venir de ese sitio, - ya que para aquel entonces él contaba ya con setenta y cinco años de edad-, estaba ambicionando construir una pequeña casita de piedra en el lugar mismo donde se encargaría de plantar los árboles. Esto fué lo que hizo al año siguiente.     En 1935, un verdadero delegado de la administración vino a examinar "el bosque natural". Había con él un personaje importante del Ministerio de Aguas y Bosques, un diputado y técnicos. Se pronunciaron muchas palabras inútiles. Se decidieron hacer algunas cosas y, afortunadamente, no se hizo nada; excepto por una medida verdaderamente útil: se puso al bosque bajo la salvaguarda del Estado, y se prohibió que se viniera a hacer carbón. Era evidente que era imposible no ser subyugado ante la belleza de estos jóvenes árboles plenos de salud. Este bosque ejercía sus poderes seductivos incluso en el mismo diputado.     Yo tenía un amigo entre los directores del departamento forestal que estaban en la delegación. Le explique lo que para él era un misterio. Un día de la siguiente semana, fuimos los dos juntos a buscar a Eleazar Bouffier. Lo encontramos en pleno trabajo, a veinte kilómetros del sitio donde se había realizado la inspección anterior.     Este capitán forestal no era mi amigo nada más porque sí. Él conocía el verdadero valor de la cosas. El sabía permanecer en silencio. Le ofrecí algunos huevos que había traído conmigo como regalo; dividimos nuestros alimentos en tres y pasamos algunas horas sin decir ninguna palabra, en la contemplación del paisaje.     La ladera donde estábamos estaba cubierta por árboles de seis a siete metros de alto. Yo recordé el aspecto del sitio en 1913: un desierto... El trabajo apacible y regular, el aire lleno de vitalidad de las alturas, la frugalidad, y sobretodo la serenidad de su alma le habían dado a este hombre una salud casi solemne. Era un atleta de Dios. Me preguntaba cuántas hectáreas más él habría todavía de cubrir con árboles.     Antes de partir, mi amigo hizo una simple sugerencia concerniente a algunas especies de árboles para las que el terreno parecía especialmente adecuado. Él no insistió más. Por una muy buena razón. Me aclaro después. Este buen hombre sabe mucho más que yo. A una hora más de camino, - esta idea se le había fijado en su pensamiento, y entonces agregó:"Él sabe mucho más que todo el mundo". Él había encontrado un motivo para sentirse orgulloso y feliz.     Fué gracias a este capitán forestal que no solamente el bosque fué protegido, sino que junto con él la felicidad de este hombre. Hizo nombrar a tres guardias forestales para la protección de los territorios. Los ubico de tal manera que permanecieran indiferentes a cualquier cantidad de vino que los talamontes pudieran ofrecer como soborno.     La obra no estuvo en riesgo grave, salvo en la guerra de 1939; cuando los automóviles comenzaron a entrar por madera, pues nunca había suficiente. Comenzaron a talar algunos de los encinos de las parcelas de 1910. Por suerte, estos bosques están tan lejos de cualquier arroyo o camino que no resultó costeable seguir extrayendo la madera y la compañía decidió pronto abandonar esta extracción. El pastor no vió nada. Él estaba a treinta kilómetros del sitio, y continuaba pacíficamente con su labor, tan imperturbable por la guerra de 39 como lo había estado por la guerra de 14.     Ví por última vez a Eleazar Bouffier en 1945. Tenía entonces ochenta y siete años. Yo había retomado de nueva cuenta el camino del desierto, sólo para encontrarme ahora con lo que a pesar de todo había dejado como legado la guerra en esa región. Había un carro que hacía la ruta entre el Valle del Durance y la montaña. Yo me apreste a tomar este relativamente rápido medio de transporte, pues los cambios eran tan grandes que yo no pude reconocer el lugar de mis últimas visitas. Me pareció también que el trayecto me hacía pasar por lugares nuevos. Me ví obligado a preguntar el nombre del poblado, para estar bien seguro que esta era la región que en otros tiempos había visto en ruinas y desolación. El carro me dejó en Vergons.     En 1913, en este pequeño caserío había diez o doce casas con tres habitantes. Estas gentes eran salvajes, detestándose los unos a los otros, siempre en eterno conflicto y pillaje. Física y moralmente, ellos parecían hombres prehistóricos. Eran devorados por el contorno de las paredes de las casas abandonadas. Su condición era de total desesperanza. Parecía que sólo estaban esperando a que la muerte los encontrara. Una condición que claramente no los predisponía a cultivar ninguna virtud.     Todo había cambiado. Incluso el aire mismo. En el lugar de borrascas secas que en otros tiempos había sido, ahora soplaba suavemente una brisa con dulce olor. Un sonido que recuerda el del correr del agua que cae de las alturas. Pasaba lo mismo con el viento que ululaba entre los árboles del bosque. En fin, lo más asombroso de todo era que se escuchaba el ruido del agua que circulaba hacía un verdadero pozo. Ví que habían construido una fuente, y que había abundante agua en ella; lo que me estremeció más es que junto a esta fuente habían plantado limoneros que tenían por lo menos cuatro años y que ya habían crecido gruesos. Eran un símbolo de la indisputable resurrección.     Más aún Vergons mostraba ya signos de trabajo, de aquellos que tienen por condición necesaria la presencia de la esperanza. La esperanza había retornado. Habían limpiado las ruinas, habían tirado las paredes rotas, y habían reconstruido las cinco casas. El poblado contaba ahora con veintiocho habitantes que incluía a cuatro parejas jóvenes. Las casas nuevas, recién remozadas estaban rodeadas por jardines, hortalizas y verduras entremezcladas con malezas alineadas, había legumbres y flores, coles y rosales, puerros y albahaca, apios y anémonas. Era ahora un lugar donde cualquiera estaría encantado de vivir.     A partir de este poblado seguí mi camino a pie. La guerra de la que a penas estábamos saliendo, no nos permitía más que reincorporarnos pausadamente a la vida. Sin embargo, Lázaro estaba fuera de su tumba. En los flancos de las montañas ví campos verdes de cebada y de centeno en hierba. Al fondo podía ver algunas praderas que reverdecían.     Nos separan ahora ocho años desde que ví a toda esta región florecer con una suave ligereza que resplandecía de verdor. Los despojos de las ruinas que había visto en 1913, ahora mantenían granjas prósperas, que proporcionaban una vida feliz y confortable. Los viejos manantiales eran alimentados por agua de lluvia y nieve que ahora podía ser alojada y retenida por los bosques; el agua volvía a correr recuperando su ciclo natural. Parte del agua se había acanalado. Bordeando a cada granja había arboledas de pinos y arces, los manantiales de agua estaban bordeados por carpetas de mentas frescas. Los poblados estaban siendo reconstruidos poco a poco. Una población venida de las planicies donde la tierra era muy cara llegaron a establecerse, trayendo con ellos juventud, movimiento y espíritu de aventura. Ahora se encuentran por los caminos hombres y mujeres bien nutridos, jóvenes y muchachas que saben reír, y que han retomado el gusto por las fiestas de la campiña. Si reencontramos a la antigua población, ahora veremos que es irreconocible por su dulzura y plenitud por la vida. Contando a los nuevos llegados, tenemos a más de diez mil personas que le deben su felicidad a Eleazar Bouffier.     Cuando reflexiono que un solo hombre confiado en sus simples recursos físicos y morales fué suficiente para hacer surgir de un desierto esta tierra de Cannan, me doy cuenta que a pesar de todo, la condición humana es admirable. Pero, cuando hago un recuento de lo que puede crear, la constancia, la generosidad y la grandeza de un alma resuelta a lograr su objetivo, soy presa de un inmenso respeto por aquel viejo campesino sin cultura que a su manera supo como materializar una obra digna de Dios.     Eleazar Bouffier murió apaciblemente en 1947 en el asilo de Banon.